"Unidos en Cristo para Evangelizar"
20 de Marzo de 2025
La lucha por la humildad
 


La soberbia supone comportamientos que revelan que nos creemos más de lo que efectivamente somos

Dentro de la invitación que la Iglesia nos hace a la conversión, en esta época de Cuaresma, un campo fecundo es intentar crecer en la virtud de la humildad. Se trata de un desafío arduo puesto que significa luchar contra la soberbia, que es el pecado por excelencia, que origina todos los demás.

La soberbia supone comportamientos que revelan que nos creemos más de lo que efectivamente somos. Sus manifestaciones son variadas y comprende desde cosas leves a otras que son de extrema gravedad para nuestra salvación.

Es francamente una tontería, que denota soberbia, creerse por la posición social que tenemos, el apellido, el título profesional, el auto que manejo, el lugar donde vivo o vacaciono, los idiomas que conozco, la marca de ropa que uso, el tipo de celular que porto, mis seguidores en redes sociales, etc.

En un plano más avanzado que el anterior, la soberbia también se manifiesta en hechos que contradicen el orden objetivo dado por Dios. Como el soberbio se cree Dios, tarde o temprano comienza a definir pautas de actuación y sanciona a los que no siguen su parecer. Asumiendo un rol de superioridad comienza a juzgar todo lo que tiene a su alrededor. Así, por ejemplo, descalifica a los que contraen matrimonio porque él no está para atarse a formalismos culturales. Cuando se enfrenta a la realidad de matrimonios que quieren ser coherentes con su fe y quieren tener muchos hijos, el soberbio las considera manifestaciones de fanatismo religioso o de irresponsables, etc. En el plano de las reglas, critica a la Iglesia porque no se actualiza en sus doctrinas, que le parecen caducas o fuera de época.    

En el plano social, donde existen personas que son mejores que nosotros, cuando el soberbio se encuentra con ellas lo supera la envidia y para que quede claro que él sigue siendo superior, procede a descalificarlas brutal o sutilmente. Esto se advierte de manera recurrente en el ámbito intelectual, cuando aparece un profesor o un alumno que destaca sobre el resto, el soberbio incurrirá en el chaqueteo, que es ese un aporte lingüístico de Chile al español, que se define como “impedir por malas artes, normalmente el desprestigio, que alguien se destaque o sobresalga”.

Lo anterior no agota el problema, puesto que existe el riesgo de alcanzar todavía un grado mayor de soberbia, que es el odio a Dios. En este caso, el soberbio comienza una lucha sin cuartel contra todo lo que estima revela una presencia de Dios en el mundo. Así, se hace enemigo de la Iglesia Católica y de su doctrina, para comenzar a perseguir a sus fieles de la forma como le sea posible. En este grado el soberbio lucha contra todo lo establecido por el orden divino, al punto de validar aberraciones o brutalidades como las que hoy propone, por ejemplo, la ideología de género. Como método de actuación este ciego espiritual valida la mentira, el uso de la violencia física o psicológica, con tal de erradicar todo vestigio de Dios en la tierra. Este tipo de personas son las que han optado por practicar sistemáticamente el mal, en todas sus formas. Cuando se le da la oportunidad de ejercer alguna cuota de poder buscan implantar “el mal común”.

Como se puede apreciar, tenemos que estar a la defensiva para enfrentar este mal moral. No lo hacemos cuando cultivamos malos hábitos espirituales que provienen de descuidar nuestra alma y actuar con negligencia en la lucha por la santificación, lo que termina permitiendo que la soberbia haga lo suyo en nuestra vida, con los resultados antes indicados.

La Iglesia cuenta con los medios dados por Cristo para enfrentar este tema, de manera particular a través de la vida de oración y aprovechando la gracia que dan los sacramentos. No es ocioso recordar que ya en el Concilio IV de Letrán (celebrado el año 1215) se lee: “todo fiel de uno u otro sexo, después que hubiere llegado a los años de discreción, confiese fielmente él solo por lo menos una vez al año todos sus pecados al propio sacerdote, y procure cumplir según sus fuerzas la penitencia que le impusiere, recibiendo reverentemente, por lo menos en Pascua, el sacramento de la Eucaristía (…)”.

Recordemos el consejo de Santa Teresa de Ávila, que definía la humildad como “andar en la verdad (VI Moradas 10, 8)”.

Pidamos a Santa María, que interceda por nosotros para tener la humildad que nos permita vivir con la alegría propia de los cristianos que obedecen a Dios.
 

Autor: Crodegango

 






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