"Unidos en Cristo para Evangelizar"
03 de Abril de 2025
El profundo sentido de la limosna cristiana
 


Existe la posibilidad que hayamos perdido de vista el sentido de la limosna y estemos anestesiados para su práctica, como algo distintivo de nuestra fe.

Dentro de la práctica de las obras de misericordia a que nos invita la Iglesia, una muy relevante es la limosna. El valor de esta acción la destaca el Catecismo cuando señala, que la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (CIC Nº 2447).

Son muchos los documentos que revelan que esta buena acción ha sido practicada por los fieles desde el comienzo del cristianismo. Nos debe remover lo que se lee en un documento del Siglo II (año 158 d. C), conocido como la “Carta a Diogneto”, cuando señala:

Porque la felicidad no consiste en enseñorearse del prójimo, ni en desear tener más que el débil, ni en poseer riqueza y usar fuerza sobre los inferiores; ni puede nadie imitar a Dios haciendo estas cosas; sí, estas cosas se hallan fuera de su majestad. Pero todo el que toma sobre sí la carga de su prójimo, todo el que desea beneficiar a uno que es peor en algo en lo cual él es superior, todo el que provee a los que tienen necesidad las posesiones que ha recibido de Dios, pasa a ser un dios para aquellos que lo reciben de él, es un imitador de Dios” (www.primeroscristianos.com/carta-a-diogneto-anonimo-158-d-c/).

Dentro del Magisterio de la Iglesia, se refiere a la limosna la Encíclica de León XII, “Rerum novamum” (de 15 de mayo de 1891), cuando al abordar el derecho a la propiedad privada y al uso de esta, señala:

17. Así, pues, quedan avisados los ricos de que las riquezas no aportan consigo la exención del dolor, ni aprovechan nada para la felicidad eterna, sino que más bien la obstaculizan; de que deben imponer temor a los ricos las tremendas amenazas de Jesucristo y de que pronto o tarde se habrá de dar cuenta severísima al divino juez del uso de las riquezas”.

Luego, el mismo documento agrega:

“(…) todo el que ha recibido abundancia de bienes, sean éstos del cuerpo y externos, sean del espíritu, los ha recibido para perfeccionamiento propio, y, al mismo tiempo, para que, como ministro de la Providencia divina, los emplee en beneficio de los demás. «Por lo tanto, el que tenga talento, que cuide mucho de no estarse callado; el que tenga abundancia de bienes, que no se deje entorpecer para la largueza de la misericordia; el que tenga un oficio con que se desenvuelve, que se afane en compartir su uso y su utilidad con el prójimo” (San Gregorio Magno, Sobre el Evangelio hom.9 n.7).

La práctica de la limosna se justifica también porque dentro de las actividades que realiza la Iglesia Católica, desde sus comienzos, ha sido asistir a los más necesitados.

En una carta del año 124, Arístides de Atenas le escribía al emperador Adriano en la que le expresaba en que consistía la naciente actividad asistencial de la Iglesia, en los siguientes términos: “Cuando muere un pobre, si se enteran, contribuyen a sus funerales según los recursos que tengan: si vienen a saber que algunos son perseguidos o encarcelados o condenados por el nombre de Cristo, ponen en común sus limosnas y les envían aquello que necesitan, y si pueden, los liberan; si hay un esclavo o un pobre que deba ser socorrido, ayunan dos o tres días, y el alimento que han preparado para si se lo envían, estimando que él también tiene que gozar, habiendo sido como ellos llamados la dicha (Apología, 17, Arístides de Atenas). Varios años después, San Juan Crisóstomo (344-407) en una homilía exhortaba a sus feligreses con la siguiente interpelación que no pierde vigencia: “¿Tienes dinero? Pues no seas tardo en socorrer con él a los que lo necesitan. ¿Puedes defender los derechos de alguien? Pues no digas entonces que no tienes dinero… ¿Puedes ayudar con tu trabajo? Hazlo. ¿Eres médico? Cuida a los enfermos… ¿Puedes ayudar con tu consejo? Mejor todavía, ya que librará tu hermano no del hambre, sino del peligro de muerte… Si ves a un amigo dominado por la avaricia, compadécete de él, y si se ahoga apaga su fuego. ¿Qué no te hace caso? Haz lo que puedas, no sea perezoso. (Homilía sobre los Hechos de los Apóstoles, 5, San Juan Crisóstomo). Se podría ampliar la lista de testimonios, incluyendo, por cierto, al diacono a San Lorenzo († 258), que presentó ante la autoridad a los pobres de Roma como el verdadero tesoro de la Iglesia, cuando le pidieron mostrar las riquezas de la naciente institución.

Existe la posibilidad que hayamos perdido de vista el sentido de la limosna y estemos anestesiados para su práctica, como algo distintivo de nuestra fe. Esto puede ocurrir, entre tantas razones, por haber caído en el cultivo de una mentalidad de acumulación ilimitada, en la que, más que confiar en Dios, confiamos en los bienes que tenemos y que siempre los estimamos insuficientes. En esa lógica, ya no nos conmueve las intolerables miserias del subdesarrollo en que vivimos, y nuestro horizonte no es otro que la acumulación de bienes que no estoy dispuesto a compartir con los más necesitados.

No debe animar a un profundo cambio de actitud las palabras de San Juan Pablo II, dadas en la Encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” (de 1987), al expresar  “(…) el hombre debe someterse a la voluntad de Dios, que le pone límites en el uso y dominio de las cosas (cf. ibid. 2, 16 s.), a la par que le promete la inmortalidad (cf. ibid. 2, 9; Sab 2, 23). El hombre, pues, al ser imagen de Dios, tiene una verdadera afinidad con El. Según esta enseñanza, el desarrollo no puede consistir solamente en el uso, dominio y posesión indiscriminada de las cosas creadas y de los productos de la industria humana, sino más bien en subordinar la posesión, el dominio y el uso a la semejanza divina del hombre y a su vocación a la inmortalidad. Esta es la realidad trascendente del ser humano, la cual desde el principio aparece participada por una pareja, hombre y mujer (cf. Gén 1, 27), y es por consiguiente fundamentalmente social”.

Pidamos a Santa María, que es protectora de los desvalidos, que no ayude a comprender el sentido de la limosna cristiana, para poder practicarla con exquisita caridad.

Crodegango






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